Yemaya

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Issue No.39
  • :0973-1172
  • :marzo
  • :2012

Editorial

Hace ya más de cien años que el ocho de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer (DIM). EL acontecimiento ha cambiado mucho desde sus orígenes, un día en que las mujeres trabajadoras pobres salían a la calle a manifestarse y reclamar un salario decente, hasta lo que es hoy, una celebración reconocida por gobiernos, empresas e instituciones globales. Este año, las Naciones Unidas han declarado que el tema oficial de la celebración será “Empoderar a las mujeres rurales: acabar con el hambre y la pobreza”. Sin duda es un objetivo importante, que puede redundar en beneficio de las mujeres, no solo en el sector pesquero sino en todo el mundo.

La economía rural de la mayor parte de los países en desarrollo se basa en el trabajo remunerado y no remunerado de las mujeres. Las mujeres representan casi la mitad de la mano de obra mundial en la agricultura y la pesca de pequeña escala, y más de la mitad en la pesca continental. Además de trabajar como agricultoras, pescadoras y pescaderas, las mujeres de zonas rurales también tienen que dedicarse al trabajo asalariado a fin de llegar a fin de mes. Por añadidura, en ellas recae una parte desproporcionada de la carga de las tareas domésticas y el cuidado de los niños, los enfermos y los ancianos. En la pesca artesanal, la pobreza puede ser tan intensa y generalizada que para a las mujeres del sector no les queda más remedio, para arreglárselas, que pasar cada vez más horas trabajando, a expensas de su derecho fundamental a la educación, la nutrición, la salud y el bienestar. Las principales modalidades de desarrollo y gestión pesquera parece que no hacen sino intensificar la vulnerabilidad general de la mujer en el sector.


 

 

NORTEAMÉRICA / EE.UU.

Ejercicio de soberanía en el mar

Mientras el capital arrebata a los pescadores de todo el mundo su derecho de acceso a la pesca, la tribu passamaquoddy, en Norteamérica, ejerce su soberanía sobre el mar


Por Paul Molyneaux (p.g.molyneaux@gmail.com), pescador y autor de “The Doryman’s Reflection: A Fisherman’s Life”, Thunder’s Mouth Press, 2005

NORTEAMÉRICA / EE.UU.

Ejercicio de soberanía en el mar

Mientras el capital arrebata a los pescadores de todo el mundo su derecho de acceso a la pesca, la tribu passamaquoddy, en Norteamérica, ejerce su soberanía sobre el mar


Por Paul Molyneaux (p.g.molyneaux@gmail.com), pescador y autor de “The Doryman’s Reflection: A Fisherman’s Life”, Thunder’s Mouth Press, 2005

 


 

En la lucha por los recursos que se libra en Norteamérica, el triunfo de la tecnología y el capital sobre los derechos de los pueblos indígenas y de otros usuarios históricos se celebra desde hace tiempo como “progreso”. Pero en 1980 un veredicto judicial histórico cambió la balanza de poder entre una nación soberana de indígenas americanos y el gobierno de los Estados Unidos. Un tribunal estadounidense reconoció la legitimidad de la reclamación de la tribu passamaquoddy a más de dos millones de acres (unas 800.000 hectáreas) del estado de Maine, y la tribu aceptó una compensación de 12,5 millones de dólares y 150.000 acres (60.000 hectáreas) de tierra. Sin quitar importancia al territorio, este pueblo guarda asimismo una profunda relación con el mar (su nombre significa “el pueblo que pesca abadejo con arpones”) y aunque los dirigentes tribales acordaron respetar las leyes del estado en tierra, se niegan a renunciar a sus derechos de pesca. Hoy en día ese derecho soberano a los recursos marinos permite a los dirigentes locales, como Fred Moore III, miembro del consejo tribal, y Vera Francis, asesora, reafirmar la ancestral dependencia del mar de su pueblo.

A principios de 2012, después de largos años de prudente deliberación, los consejos tribales autorizaron a Fred Moore a codificar los valores indígenas en un plan general de ordenación pesquera que promoviese tecnologías adecuadas, amplios derechos de acceso y una distribución equitativa de la riqueza derivada de la pesca. Según dice Vera Francis, “es una manera de hacer crecer la economía tradicional mediante actividades tradicionales”.

Para responder al pedido del consejo, Fred ha preparado un ambicioso proyecto que afirma los derechos de pesca de la tribu en la franja de 200 millas desde la costa, a lo largo de más de 350 millas de litoral estadounidense y canadiense, cubriendo una superficie oceánica superior a 35.000 m². Vera, recientemente incorporada a la comisión tribal de pesca, ha sido una de las primeras personas en ver el plan y el mapa del área de pesca propuesta.

“Estas corrientes de ahí cuentan la historia de nuestra relación con el mar”, dice Vera, señalando en la carta náutica la zona donde se juntan el cálido remolino central de la corriente de Maine con la helada corriente de Labrador. La amplitud y la complejidad de las relaciones entre la oceanografía, la meteorología, la biología y un amplio abanico de variables refleja la historia, centenaria e igualmente amplia, de los passamaquoddy en estas aguas.

Mientras Fred Moore restablece la presencia de los passamaquoddy en alta mar, en la recogida de bogavantes, vieiras, pescado, cangrejos y mamíferos marinos, y anima a sus congéneres a seguir sus pasos, Vera, por su parte, está convencida de que la tribu debe integrar la pesca a un nivel más profundo. En su opinión, “aunque en este momento la mayor parte de los miembros de la tribu desconocen el plan, una vez se haya refinado para que refleje de verdad la gestión pesquera establecida y operada por los passamaquoddy, probablemente verán la gran importancia que tiene”. El plan será entonces revisado y aprobado por la tribu entera. “Nuestros pescadores están diciendo al mundo que todavía estamos aquí”, dice Vera, “que la nuestra es una cultura dependiente del mar, pero no está aislada. Hay toda una comunidad que nos apoya”. Según Vera, el plan de gestión representa una revitalización potencial de formas tradicionales de producción y propiedad. Lo explica con un ejemplo: “A mí me gusta la comida que comía cuando era pequeña y sé lo crucial que resulta para saber quiénes somos. Cada estación se cosecha un pescado diferente: lo comemos cuando toca comerlo”. Vera se refiere a las pautas de producción sostenible desarrolladas a lo largo de milenios, una cosmovisión que se ha incorporado al plan de gestión pesquera que pretende establecer unas pesquerías viables para los passamaquoddy del siglo XXI.

Sin embargo, Vera subraya que el plan pertenece a la tribu, no solo a los pescadores. Según afirma, “tenemos que lograr un proceso abierto y transparente. Teniendo en cuenta la importancia de las pesquerías passamaquoddy, es posible que el plan necesite un referéndum, precedido por audiencias públicas y con una amplia participación. La importancia del proyecto es tal que exige una deliberación exhaustiva y cuidadosa desde el primer momento”.

El plan tiene entre sus elementos fundamentales el punto de vista passamaquoddy sobre los derechos y obligaciones soberanas. “La soberanía no es temeraria”, dice Vera, “sino respetuosa. No podemos exigir una patria para nosotros sin respetar el derecho de los peces a una patria, incluso el derecho de los peces a sus territorios ancestrales de desove y cría”. Como ejemplo, Vera señala que los intereses de la pesca recreativa han presionado al estado de Maine para bloquear el paso de la pinchagua (Alosa pseudoharengus, una especie de arenque) procedente del mar hacia numerosos lagos de la cuenca del río Saint Croix, porque las pinchaguas se alimentan de las huevas de lubina, una de las capturas favoritas de los pescadores de caña. “La pinchagua tiene derecho a volver a casa”, dice Vera.

El interés de los passamaquoddy en proteger su base de recursos abarca actividades que van desde las cuencas fluviales hasta las aguas de altura, y Vera reconoce que no descartan litigar contra los contaminadores o los pescadores dañinos. “Vamos a observar también lo que pasa en alta mar, ver de qué forma podemos proteger los derechos de los peces a sus zonas de desove, de cría y de alimentación”. El plan reivindica jurisdicción sobre la pesquería de vieira del estado. “El plan rechaza, por principio, la gestión del estado sobre la pesquería de la vieira, porque Maine siempre ha infringido su obligación de mantener saludable o sostenible la pesquería de vieira de Cobscook Bay”. Sin embargo, según ella misma observa, existen problemas de capacidad que pueden obstaculizar la ejecución del plan por la tribu. Los 4.000 miembros de la tribu viven en dos reservas, Pleasant Point en la costa, y el Poblado Indio, a 30 millas hacia el interior. En Pleasant Point la infraestructura pesquera se limita a un muelle de temporada y un puerto abierto. A medida que los viejos pescadores fallecen, los jóvenes pescadores pierden fuentes importantes de un conocimiento cobrado con dificultad. Además la tribu tiene pocos pesqueros que puedan funcionar con seguridad en la enorme área cuyo acceso reclama. “Evidentemente, vamos a necesitar barcos, y nuestros pescadores van a necesitar formación”, dice Vera, pero ella sigue enganchada a la idea. “El desarrollo de las pesquerías passamaquoddy tiene el potencial de mantener a la tribu cerca de su cultura de raíces marinas y de su responsabilidad de proteger lo que nos ha sostenido siempre a todos”.

Si los arquitectos de la destrucción pasada defienden ahora la privatización y la concentración de los derechos de acceso de los recursos que quedan, la tribu passamaquoddy ha realizado una entrada espectacular en su discurso. Utilizando la fuerza legal de tratados centenarios que reconocen los derechos humanos intrínsecos de la tribu a su estilo de vida, los passamaquoddy aportan un paradigma completamente nuevo para la gestión pesquera, basada en una historia de pesca sostenible enraizada en el respeto.

Todavía está por ver hasta qué punto se hará realidad el plan de los passamaquoddy. Puede decirse que ya ha dado fruto, puesto que ha imbuido a muchos pescadores marginados la esperanza de poder acceder a un sector pesquero privatizado. El acceso y la supervisión por parte de la tribu de los recursos marinos encierran el potencial de restaurar recursos agotados y ecosistemas arrasados, y en último término de conseguir que la riqueza derivada de unas pesquerías saludables vuelva al pueblo que depende de esos recursos desde tiempos inmemoriales. Para los passamaquoddy, la salud de las pesquerías es equivalente a salud física y cultural, de la misma manera que lo es para la humanidad entera: no puede crearse una sociedad saludable en ausencia de unos océanos sanos y unos ecosistemas terrestres florecientes.

 


 

Los passamaquoddy aportan un paradigma completamente nuevo para la gestión pesquera, basada en una historia de pesca sostenible enraizada en el respeto y en sus prácticas de conservación anteriores a las medidas de desarrollo de la pesca.